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Tú, tranquilo
Mar
de las Pampas
Primer
Teisho
- Jueves 10 de
septiembre. 07:48 hs. Dejar pasar los
pensamientos.
Deja pasar también
la respiración. Cuando hay muchos pensamientos en tu cabeza, ésta
tiende a caer y la respiración se hace difícil. Si la observas un
poco, si acompañas la salida del aire hasta el final, sin prisa, sin
esfuerzo, la inspiración llega sola. Entonces comienza a establecerse
un ritmo más lento y profundo.
Al mismo tiempo,
los pensamientos tienden a disminuir. Cuando los pensamientos
disminuyen, la mente se despeja. Es fácil entonces recoger el mentón,
estirar un poco la columna, soltar los hombros. Y si las manos están
en contacto con el vientre, podemos sentir ahí, exactamente ahí, en
el hara, el ritmo de la respiración.
Si estás aquí,
entonces quédate aquí.
Pero si tu cuerpo
está aquí y tu mente divaga, entonces estás dividido. Y la división es abrir la puerta al sufrimiento. Regresa. Regresa
porque aquí, exactamente aquí y ahora, está ocurriendo todo.
En cada respiración
tuya todo el universo se manifiesta. No es una metáfora. Es un hecho.
Pero si estás distraído, no puedes percibirlo.
Quédate aquí,
suéltalo todo, deja pasar los pensamientos, deja pasar los siglos. La
serenidad aparece y te pones en armonía con todo, con todos.
Exactamente a
esta hora la tierra va tornándose silenciosa y puede escucharse, a lo
lejos, el rumor del mar. En esencia, no estamos separados de nada. No
estamos separados del mar ni de la tierra. Entonces podemos permitir
que este silencio nocturno descienda sobre nosotros. Que el rumor del
mar llegue y pase a través de nosotros. Como pasa la respiración,
como pasa el aire a través de ti. Como pasan los pensamientos. No los
retengas, no te entretengas con ellos, déjalos ir.
No es necesario
obtener cosa alguna. No es necesario aquí ahora escaparse de nada.
Aquí, en este instante, podemos quedarnos completamente quietos,
silenciosos y sentados por un instante. Por la eternidad. Un solo
instante.
Todo está en
perfecto equilibrio. No hay un átomo de más ni un átomo de menos.
Este instante es único. Tú eres único. Pero no estás separado del
resto. No estás separado del universo. Aunque te quedes quieto,
completamente quieto y silencioso, te mueves con todo el universo, con
todos los seres. No hay nada que pueda impedirlo. Sólo que cuando estás
distraído, absorbido por tu egoísmo, te pierdes. Regresa. Es simple.
Puedes hacerlo ahora, en un instante.
Una y otra vez
los maestros solían decir: “No demorarse”. Esto no significa ir rápido,
a tontas y a locas. No demorarse significa no fijar morada en ningún
sitio. Fluir con la respiración, fluir con la mente, fluir con todo
el universo. Y, al mismo tiempo, en lo íntimo, permanecer quieto y
silencioso.
Una respiración.
Tranquilo.
Tranquilo. Suelta ahora las tensiones innecesarias, los hombros. Mantén
la espalda derecha, el mentón recogido y el contacto de las manos.
Tranquilo.
Cuando llegué a
Francia, al templo de La Gendronnière, por primera vez, estaba con
mucho entusiasmo y energía y practicaba el samu con mucha diligencia.
Recuerdo que en un momento del samu un monje español se acercó y me
dijo al oído: “Oye. Tú, tranquilo”.
Tú, tranquilo.
Aquí está todo
lo que necesitas. No hace falta hacer ningún esfuerzo extra, nada
especial. Simplemente mantener tu espalda derecha, el mentón recogido
y abandonar todas las tensiones innecesarias. Dejar pasar los
pensamientos. Dejar que el aire fluya por tus pulmones en cada
respiración.
Si aquí ahora
estás tranquilo, entonces estás en tu hogar. Nada que buscar, nada
de que escapar. Simplemente estás en tu hogar.
Al maestro Kodo
Sawaki solían llamarlo: “Kodo, el sin hogar”. Porque él nunca
había tenido un templo o una casa propia. Siempre andaba moviéndose.
Él decía: “A mí no me molesta que la gente me llame sin hogar,
finalmente todos estamos aquí de paso y somos sin hogar”.
Cuando se
comprende esto, uno puede encontrar el hogar en donde esté. Este
metro cuadrado es tu casa. El universo entero es tu hogar. Todo lo que
necesitas está aquí ahora. Debes mantener tranquilo tu espíritu y
tu cuerpo. Dejar pasar.
Una de las enseñanzas
importantes de los maestros es la flexibilidad. Ellos no hablaron
mucho de flexibilidad, pero lo expresaron en sus vidas. Kodo Sawaki
era uno de ellos, Dogen fue uno de ellos. Jamás se demoraban en
ninguna parte.
No demorarse es
flexibilidad.
Una Sesshin es la
oportunidad para practicarla.
Y luego zazen y
luego comer y luego descansar y así. Sin demora vas pasando de un
estado a otro, de un momento a otro.
Fle-xi-bi-li-dad.
No podemos estar
de pie todo el tiempo, tenemos que caer. Y si caemos, entonces podemos
levantarnos. Todo aquel que puede caer, se hace grande, se hace
inmenso. Crece.
La flexibilidad
parece una cuestión del cuerpo, pero nace en la mente.
La mente y el
cuerpo van juntos y, si nuestra mente deja pasar los pensamientos, el
cuerpo no se demora. Nuestro cuerpo se mueve en el samu, en las
prosternaciones, en los ejercicios. A veces hay que moverse rápido, a
veces hay que moverse lento, a veces hay que quedarse quieto. A veces
hay que callar, cerrar la boca y a veces hay que hablar.
Aunque una
persona rígida tenga muchos conocimientos, siempre será inferior a
alguien que, auque no tenga tantos, es flexible. Lo flexible es más
fuerte que lo rígido. Lo rígido se quiebra. Un lápiz se quiebra fácilmente,
una goma es flexible.
Allá, en Chile,
hay una monja que estuvo viviendo un tiempo en Bukkokuji. Ella me contó
que un día estaba mal, triste y malhumorada. Fue a ver al Maestro
Roshi Sama y mientras se quejaba,
alegaba, protestaba y lloriqueaba. Y, de repente, Roshi Sama
levantó el kyosaku y ¡UAH…! Le dio un bastonazo en el hombro. En
un instante, todo su rollo se cortó. Ella levantó la cabeza... la
boca abierta, sin pensamiento, sin nada. Miró a Roshi Sama que comenzó
a reírse a carcajadas. Entonces, ella también rió. Después me
dijo: “Fue el mejor psicólogo que conocí en mi vida. Nunca nadie
fue tan eficaz”.
Fle-xi-bi-li-dad.
Tú, tranquilo.
Deja pasar. No retengas el aire en tus pulmones. Déjalo ir. No
retengas rencores, no retengas deseos. Déjalos ir. Lo que en verdad
te pertenece está aquí, es tuyo y no va a perderse. Cuando aquel
monje español me dijo: “Tú, tranquilo” era porque yo estaba
agregando ansiedad a la tarea. Quería hacer las cosas bien. Muchas
veces uno quiere hacer las cosas bien para ganar más dinero, para que
lo alaben. Pero entonces está agregando algo que entorpece la acción.
Estás aquí
ahora, quédate aquí, no te demores, no interfieras, no agregues. No
pienses: “Ahh…, parece que lo estoy logrando”, o “qué duro
que es esto”, o… "cuándo va a sonar la campana, cuándo va a
dejar de hablar este sujeto”. Déjalo ir, déjalo ir, déjalo ir…
Una respiración.
¡Se fue! ¡Ahh…!, aquí vuelve otra inspiración. ¡Se fue! Tú,
tranquilo.
Tercer Teisho -
Sábado 12 de septiembre. 11:14 hs. Cuando era un niño,
a veces mi padre nos pedía que fuéramos a comprar papas a lo del
Turco. Entonces mi hermano y yo íbamos a lo del Turco con la bolsa de
red. Nunca supimos su nombre, porque simplemente todo el mundo lo
llamaba: “el Turco”. Tenía su negocio en la esquina. Un local
lleno de grandes bolsas de arpillera con papas, cebollas y carbón. Un
local de techos altos, desde donde pendía una lamparita triste y de
luz mortecina. Las paredes estaban siempre tiznadas de tierra y hollín.
Lo único que brillaba allí era su balanza. Una balanza de hierro con
dos platillos de bronce. El Turco ponía las pesas en un platillo y en
el otro iba poniendo las papas. Y cuando los platillos alcanzaban su
equilibrio, ahí estaba: cumplido el encargo de mi padre.
No sé si alguna
vez pensaron en este tema del equilibrio. Zazen es la práctica
del equilibrio. Practicar zazen es practicar la vida, porque zazen es
nuestra vida misma. No la vida de otros, ni siquiera la vida de Shakyamuni
Buda o de los maestros. TU vida. Tu propia vida. Nadie
puede reemplazarte en esto.
Equilibrio y
desequilibrio están siempre ahí. La salud es un tema de equilibrio.
Cuando este equilibrio se pierde: un platillo sube, el otro baja y
aparece la enfermedad.
Cuando nos
sentamos en zazen nos sentamos en la postura que nos fue transmitida.
Estiramos la columna, recogemos el mentón, soltamos las tensiones
innecesarias. No estamos súper relajados ni súper tensos, estamos en
equilibrio. Las orejas en la misma línea que los hombros. Los ojos
horizontales, la nariz vertical. Las manos juntas y los pulgares en
contacto. Los pulgares forman una línea recta y horizontal y,
entonces, están en equilibrio. Cuando estamos cansados o
somnolientos, los pulgares tienden a caer y el equilibrio se pierde.
Cuando hay inquietud o tensión, los pulgares forman un pico y el
equilibrio se pierde. Nuestra práctica consiste en intentar, de
instante en instante, mantener el equilibrio.
Observamos la
respiración y ahí también encontramos equilibrio. Observamos el
fluir de la mente. Cuando hay muchos pensamientos un platillo de la
balanza sube y el otro baja. Cuando intentamos poner la mente en
blanco un platillo baja y el otro sube.
Entonces, como
enseñó el maestro Dogen: “Pensamos desde el fondo del no
pensar”. Es decir: vamos más allá del pensar o no pensar.
Equilibrio.
Equilibrio entre la mente y el cuerpo. El cuerpo influyendo a la
mente, la mente influyendo al cuerpo, equilibrio. Equilibrio entre
ayer y mañana, entre antes y después: ¡Ahora!
Equilibrio entre
allá o allí: ¡Aquí!
Aquí-ahora es
este punto de equilibrio que practicamos de instante en instante.
Equilibrio entre
tú y yo. Yo no soy los otros, pero si adhiero mucho en este “yo”,
entonces me encierro en el huevo del egoísmo. Mi egoísmo crece y me
transformo en un egocéntrico. Si me inclino mucho a lo social me
pierdo, me diluyo en el grupo, en los otros. Vivo pendiente de los
otros. Equilibrio es más allá de yo/los otros. Es lo que los
maestros llaman “no-yo”, “no-dos”.
Esta es nuestra
práctica. Y no practicamos otra cosa que nuestra propia vida.
Todo el mundo está
bajo la ley del equilibrio. Pero sólo al practicar zazen podemos
tomar conciencia de ello y equilibrar los platillos. Intentarlo,
intentarlo, intentarlo en cada respiración, en cada instante.
Intentarlo cada vez que uno se sienta.
Muchas de las
personas que practican zazen, que vienen al zendo, que vienen a las
Sesshines, también practican en su propia casa. Está muy bien
hacerlo. Equilibran de ese modo la vida fenoménica, laboral y
familiar, con el encuentro con ellos mismos. Con el encuentro con el sí
mismo. No puedo estar sentado todo el tiempo en zazen, tengo que
trabajar, contactarme con los otros, con mis amigos, con mis compañeros,
con mis familiares, con mis padres, con mis hijos. Pero es importante
volver, y eso es zazen. Reencontrar el equilibrio, intentar el
equilibrio. Allí donde mires encontrarás esta polaridad. Y en esta
polaridad siempre es posible intentar el equilibrio.
Hay una sola cosa
real, concreta, inevitable y segura, y es el hecho de que voy a morir.
La muerte es tan inevitable como la vida. Pero si me apoyo mucho en la
vida y no quiero morir y no quiero saber nada de la muerte, entonces
otra vez los platillos se desequilibran. Y así no puedo hacer otra
cosa más que sufrir. Porque la vida y la muerte son los platillos de
la balanza. Y van juntos.
Cada respiración:
equilibrio entre la vida y la muerte. Cada instante de vida es un
instante de muerte. La muerte y la vida están en ti aquí ahora, en mí
aquí ahora, en la naturaleza entera aquí ahora. Es un hecho y no hay
modo de escaparnos de ello. Y si somos conscientes de que no hay modo
de escaparse, entonces lo mejor es sentarse completamente y mirar en
la propia naturaleza.
Sólo aquel que
puede mirar su muerte de frente puede vivir su vida con plenitud.
Si comprendo
cabalmente que mi destino es morir, entonces ¿por qué temerle a la
vida?, ¿por qué vivir tímidamente?
Cada instante es
total, completo en sí mismo. Pero a veces la vida, a veces los fenómenos,
a veces mi propia cabeza me enrollan, me arrastran, me hacen perder el
equilibrio. Es natural, es humano. Pero si conozco el caminito que me
conduce a zazen, puedo sentarme completamente e intentar este
equilibrio. Sólo por un instante. Sólo por una respiración, ahora.
Equilibrio.
Cuarto
Teisho- Domingo 13 de
septiembre.07:23 hs.
Este cuerpo, que
es el fruto de muchas vidas, ahora está cansado. Así y todo, aún
hay algunas partes de él que se resisten, que quieren luchar,
defenderse. El cuerpo está cansado y el espíritu está tranquilo.
Las defensas han caído. Entonces es bueno quedar sentado. Dejar que
la mañana llegue por sí sola.
Más de uno dirá:
“Sí, estoy cansado, cuando llegue a mi casa voy a descansar”. ¡Cuidado
con eso! En tu casa te esperan las viejas estructuras, las viejas
historias. Viejas rutinas que se instalaron ahí y se han quedado por
años. Es un buen momento entonces para abrir el ropero, ventilar y
revisar un poco. Seguramente hay allí cosas que ya no necesitas. Si
ya no las necesitas, tal vez puedas sacarlas y dárselas a quien las
precise. Ese par de zapatos, aquella blusa que ya no utilizas. No es
que esas prendas sean malas. Están en buen estado, pero tienen
historia. Y esa historia es la que está ocupando un lugar en tu vida
y no te deja mover libremente.
Así como en
estos días has soltado las tensiones innecesarias y las defensas han
cedido, es un buen momento para dejar caer, para soltar completamente.
Para crear espacios libres, nuevos, limpios, donde pueda entrar la
luz.
Todo lo que en
verdad necesitas está aquí, está en ti. Está aquí, en ti, desde
siempre. No es necesario que hagas nada especial. Sólo poner en acción
lo que has vivenciado en estos días. Hacer de esta práctica una
verdadera práctica. Así, las vivencias se transforman en acción.
Después de todo,
ésa es nuestra práctica: acción. Vivir el instante, de instante en
instante. El Maestro Roshi Sama siempre decía: “Just do it”, sólo
hazlo.
No le des tantas
vueltas en tu cabeza. Esas vueltas han hecho que las cosas se vayan
quedando, formándose los callos, las durezas, las rigideces. Pensando
en guardar para mañana. Pensando que eso te podía proteger. Tal vez
lo hacían en un comienzo, pero también te estaban ahogando. ¡Suéltalo!
Todo lo que
necesitas está aquí ahora. Confía en ti. No confíes en lo que
digan los otros. No confíes en lo que lees en los libros. Sólo confía
en ese ser íntimo, íntimo, íntimo que está aquí ahora. Que
siempre aparece cuando dejas de luchar y resistir. Confía en ti. Y sólo
hazlo.
Un acto vale más
que mil palabras. Eso lo dijo el Buda. Pero no confíes en lo que dijo
el Buda. Sólo hazlo. Haz lo que tienes que hacer.
Solemos decir:
“Ayudar a todos los seres”. Para ayudar a todos los seres, para ir
lejos, hay que comenzar cerca. Mira en tu propia naturaleza. Observa.
No tienes tiempo para decir: “mañana”. Mañana es hoy, ahora. No
tienes tiempo para tener dudas. La duda es perniciosa, es como un
perro tratando de morder su propia cola. Gasta un montón de energía
y no resuelve nada. La duda está en tu cabeza. Déjalo ir, déjalo
ir. Just do it.
Incluso a pesar
del cansancio, algunas partes en tu cuerpo se resisten. Y lo que haces
es ponerle valor agregado a tu malestar, a tu dolor de piernas o de
espalda. Suéltalo. No hay nada malo aquí ahora. Si lo sueltas, el
dolor desaparece, se diluye. Cuando uno puede soltar, todo fluye
natural y armoniosamente. El Maestro Deshimaru decía: “Abre tus
manos y lo obtendrás todo”.
No puedes retener
el aire en los pulmones, sería pernicioso. Tienes que exhalar. Suéltalo
todo. Déjalo ir. Confía en ti. No necesitas nada extra. No necesitas
defender absolutamente nada. No necesitas obtener algo especial para
estar feliz. Simplemente soltar. Abre tus manos. Just do it.
Cuando tú te vacías
el cuenco se llena.
Cuando te vacías
completamente, la vida te alimenta. Te da lo que necesitas. La vida
tiene de todo y para todos. Para cada uno tiene lo que cada uno
necesita. Sin error. Sólo tienes que dejar de resistir, de
interferir. La vida tiene su belleza y buena parte de esa belleza está
destinada a ti.
La vida tiene su
belleza y la muerte tiene también su propia belleza.
Para poder vivir
una vida plena, completa, es importante morir. Y esa muerte tiene su
belleza porque morir es dejar partir. Morir es desprenderse de aquello
que uno no necesita. Morir-dejar partir, es no-demorarse.
Si los árboles y
las plantas no se desprendiesen de sus hojas, si no dejasen morir sus
flores, ¿cómo podrían reverdecer?
Este instante es
único. En ese instante la vida y la muerte se entrelazan. Confía en
ti. Suéltalo todo. Disfruta de la belleza de este instante.
Post-Sesshin
Bajo
el cielo infinito
En el instante en
que naciste, nació también tu respiración. El aire estaba ahí
desde siempre, esperándote. Y porque estaba ahí esperándote desde
siempre, fue que pudiste nacer.
Desde ese momento
has venido respirando. Una semana, un mes, un año, diez, veinte,
treinta años respirando. Consciente o inconscientemente. Distraído o
dormido. Caminando o sentado. Contento, triste, deprimido, angustiado,
muerto de risa, respirando. Pero sin esta respiración aquí ahora tu
vida terminaría en un instante.
De modo que tu
vida es ahora, es presente. Tu vida toda es esta única respiración
que no tiene ayer ni mañana.
Y porque tu vida
toda es un instante, también en un instante puede terminar. De modo
que no tienes tiempo para ser perezoso, para distraerte, para ser tímido.
Este
instante es toda tu vida.
De instante en
instante vas renovándote. Cuida de este momento, no lo desperdicies,
no lo dejes pasar en vano. No descuides el momento presente.
Miércoles
16 de septiembre. 19:17 hs. Silencio. El
silencio es la madre de todos los sonidos, de todas las palabras. Los
cientos de miles de idiomas que hay en este mundo nacen del silencio.
Para comunicarse
con los otros seres, conocer el idioma es importante. Y entonces uno
habla y escucha, conversa. Y una buena conversación enriquece a todos
los que participan. Pero eso es sólo una parte de nuestro ser. Para
escuchar lo que el otro dice verdaderamente, es importante hacer
silencio.
Porque cuando
entramos en el silencio, cuando cerramos la boca y ese silencio va
instalándose profundamente en lo íntimo, entonces podemos escuchar
la voz de Dios, la voz de la Divinidad, la voz del Cosmos o como
quieras llamarle.
Y Dios siempre
tiene algo para decirte. Lo que pasa es que estás tan ocupado con tus
diálogos internos, que no le dejas espacio para que su voz te llegue.
Compartir el
silencio con los otros es lo más bondadoso que hay. Ir más allá de
las palabras, de los conceptos y categorías.
Para practicar el
silencio no es necesario estudiar nada especial, leer ningún libro ni
tener ningún conocimiento previo. Cualquiera puede hacerlo.
Es importante,
sin embargo, hacer algunas cosas como buscar un espacio tranquilo y
sentarse. Sentarse con la espalda derecha y quedarse quieto, lo más
quieto posible. Fundamentalmente aquietar las manos, uniéndolas y
bajar la mirada entornando los párpados. Así, la mirada se vuelve
tranquila. Y cuando todo el cuerpo se vuelve tranquilo, la respiración
también se calma. Y sobre todo, se calma nuestro espíritu.
De ese modo, el
silencio va llegando solo, como en este instante van llegando las
sombras de la noche. Sin ruido y sin hacer nada especial. Entonces la
enseñanza de todo el universo, natural y automáticamente, desciende
sobre nosotros.
Hablar y
comunicarse, utilizar la palabra y los medios de expresión, es
importante, necesario.
Si uno tiene un
problema con el auto, tiene que preguntarle al mecánico. Si uno tiene
alguna cuestión jurídica o legal, tiene que ver a un abogado. Si uno
tiene problemas con los dientes, tiene que ir a ver al dentista, no
hay otra. Pero si uno tiene un verdadero problema, un problema íntimo,
existencial, entonces hay que preguntarle al silencio.
Silencio. Quieto,
quieto, quieto, silencioso.
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